4 abr. 2011

God may cry


Paseaba yo, como de costumbre, sin rumbo fijo, no sé cómo pero llegué, no me lo pregunten, no quiero saberlo, simplemente llegué. No había carteles ni el típico mapa con el “usted está aquí”, sin más lo sabes, sabes que estás en el cielo. No me creo muerto, por eso no quiero saber cómo llegué.
Nada de ángeles, nada de un buen recibimiento con una gentil sonrisa, nada de andar sobre nubes de algodón, la verdad es que una sala tan oscura no es como me imaginé el lugar, apenas veía la punta de las zapatillas. La luz se repartía en ciertos objetos, solo iluminando lo que tuviera relativa importancia, yo no debía de tenerla. Era como si todo tuviera miedo a destacar frente a aquella puerta. Gigantesca y con detalles dorados, era lo único iluminado completamente en la habitación. Estaba entreabierta, así que me acerqué. Pegué el ojo a la madera para cotillear dentro y le vi, allí estaba, Dios, sentado en un rincón de la habitación, hundido en un sillón, mirando por la ventana. Siempre le había visto representado como un hombre corpulento, de larga barba blanca pero dejando ver una gran sonrisa, alguien que desbordaba paz y tranquilidad a todo el que le rodea. Ni de coña. De corpulento nada, ni siquiera entradito en carnes, estaba demacrado, se le marcaban todos y cada uno de los huesos, se clavaban como cuchillos en el sillón. Arropado por una toga completamente negra, invadida por la suciedad, y muy holgada, como cuando un niño se pone la ropa de su padre. Pelo y barba blanca, sí, el poco que le quedaba, apenas crecían pequeños mechones, cuatro o cinco en toda la cabeza. Sus ojeras eran tan grandes como debiera ser su sonrisa. Miraba al mundo con la cara más triste que nunca vi, musitando frases:

No la mates, es tu esposa. No le robes es una anciana. No la toques, solo es una niña…